Nostalgia Andina

 

 

En el espacio

reducido de la butaca

de aquel avión de pasajeros,

al parecer de tercera clase,

arrinconado,

sacudido,

fui camino,

al tercer mundo.

 

Las horas se hicieron eternas,

era la sensación del saber,

era la emoción del volver a ver,

a palpitar, a cantar y llorar,

al unísono

con las voces secretas

y publicas

de mi querida tierra natal.

 

Fueron treinta y cinco años de exilio

no voluntario.

Fue el peso de una cultura

que no era la mía.

Quien habría de entender

que las zampoñas,

el charango y la quena,

vibran

y solo resuenan en el corazón,

de una manera muy especial

cuando uno ha nacido con ellas.

 

El viento frío del Altiplano,

recorriendo

la inmensa llanura solitaria,

fue mas bien como el susurro

de una madre

que aunque enferma,

abraza, con ternura aquel hijo,

alejado y perdido,

que venia del otro lado del mundo.

 

Añoranza, nostalgia y penas

se juntaron

porque además de sentir,

pude vivir y compartir

con intensidad desesperada

el triste caminar de mi pueblo

que una y otra vez

carga sobre sí, el yugo de una cruz

al igual que las de un Cristo,

una y otra vez resucitado.

 

 

 

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Julio Alberto Rodriguez